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Gracias a ella, consigo (cuando puedo), cerrar los ojos y creerme en la situación del maestro malagueño en su estudio del Bateau Lavoir en París, descalzo, descamisado, con la barriga al aire y bebiendo vino tinto (o blanco !qué más da!) español directamente de la botella, ajeno totalmente a lo que ocurre en el resto del mundo, a todo lo que, en mi caso, en contra de mi voluntad, me rodea y junto a lo que me veo obligado a pasar la mayor parte de mi vida. Con sus pinceles, pinturas, gubias, punzones, aguafuertes, lienzos, aceites, carbones… y haciendo lo que más le gustaba en la vida; sin la que, según sus palabras, no podría haber sido tan longevo…
Por ella llegué a pagar aún a sabiendas de que la inversión sería aún más beneficiosa para los que no me pagan el sueldo que merezco que para mi mismo… pero por esos momentos con ella, por esos viajes sentado y en silencio, vale la pena…
Y dónde él vio a su Dora Maar con un gato negro, yo te vi a ti interpretando al Sporting…
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